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Posted on Diciembre 22, 2009 by Tomás Ardid
A orgullo lo digo siempre, porque todavía pesa una opinión generalizada de estigma que no merecen en absoluto sino, además de nuestra máxima comprensión y afecto a ellos por ser diferentes -todos somos diferentes ¿Quien no es diferente? ¿Quien marca la pauta de la perfección? ¿Y quien controla al que marca la pauta?-, hay que cambiar la forma de verlos. Tiene muchos rasgos de los que oigo y leo en aquellos que los siguen estigmatizando, pero yo lo veo como que de la debilidad humana se saca lo bueno de las personas -allá quien se aprovecha de nuestras debilidades-, pero ni aunque no fuera mi hijo lo señalaría con el dedo ni lo discriminaría como se hace con tantas otras “minorías” por parte de una supuesta mayoría. He de decir que he tenido la suerte de encontrarme con un Colegio Público -si doña Espe, si no como el Arturo Soria que me recomendaba llevar a mi hijo a un colegio de niños especiales (para la cooperativa de padres aquellos sus conciencias se las limpie otro, yo no)-; en el se comprende perfectamente a todas las minorías y mi hijo está empezando a notar los efectos de una lucha diaria de apoyo de ellos. De su psicologa, de su familia, en definitiva. Por ello no entiendo como todavía hay gente que publica cosas como ésta con pretendida objetividad científica. Mi hijo tiene 10 años y no es ningún fracasado escolar; las notas que ha sacado este trimestre lo avalan. Es como todos los demás niños. Ni más ni menos. Por eso que coincido al pleno con la manera de ver a estos niños realmente diferentes, con lo bueno y lo malo, como cualquier otro ser humano, eso si todavía en desarrollo ¿Terminamos alguna vez de desarrollarnos? Pues os dejo el artículo completo que tanto me ha satisfecho:
A partir de una consulta profesional, reencontré una nota escrita por Beatriz Janín, en la que se plantea los problemas de los chicos con trastornos de atención. En ella nos propone un desafío en nuestra manera de considerar esta problemática; podemos tomarlo como un mero trastorno de conducta o podemos considerar que estos trastornos de conducta son expresiones en respuesta de situaciones que no han podido ser elaboradas.
“En los últimos años se viene diagnosticando en muchos niños el “déficit de atención e hiperactividad” (ADD/ADHD). Este diagnóstico se realiza generalmente sobre la base de cuestionarios administrados a padres y maestros y el tratamiento que se suele indicar es medicación y modificación conductual; muchos son medicados desde edades muy tempranas. Si bien se lo plantea como un diagnóstico novedoso, es el mismo cuadro que se conocía como “disfunción cerebral mínima” o como “hiperkinesia”, tiene una larga historia. Los medios de comunicación suelen hablar del tema como si se tratara de una suerte de epidemia.
Sin embargo, los niños desatentos e hiperactivos no pueden ser unificados en un diagnóstico único. En las escuelas hay niños desatentos que se quedan quietos y desconectados, otros que se mueven permanentemente, algunos que juegan en clase, otros que reaccionan inmediatamente a cada estímulo sin darse tiempo a pensar…
Hay una gran variedad de niños desatentos. Y quizá cada uno de ellos tenga sus motivos particulares para no “atender” en clase; o atienden de modos diferentes, o atienden a otras cuestiones.
Hay niños en los que se diagnostica ADD, pero se trata de cuadros psicóticos;
Otros, que están en proceso de duelo o han sufrido cambios sucesivos: adopciones, migraciones; también es habitual este diagnóstico en niños que han sido víctimas de episodios de violencia.
Hay escuelas primarias donde la mitad de los alumnos están medicados por ADD, sin que se formulen preguntas sobre las dificultades de los adultos de la
escuela para contener, transmitir, educar, o acerca del tipo de estimulación a
que están sujetos esos niños dentro y fuera de la escuela. Es decir, se supone
que el niño es único actor en el proceso de aprender.
Muchos niños dicen al llegar a la consulta: “Me porto mal, por eso me traen”.
Privilegiar la “conducta” nos remite a la idea de que hay alguien que se “porta
bien” y que hay quienes saben lo que es “una buena conducta”. Así, por ejemplo, un niño de diez años reclamaba que le sacaran la medicación. Cuando la psicóloga que lo atendía les preguntó a los padres por qué lo seguían medicando, ya que la desatención había desaparecido y su rendimiento escolar era excelente, la respuesta fue: “Porque muchas veces se porta mal”. El niño argumentó: “Mi mamá le pide a la doctora que me medique porque ella quiere que yo sea perfecto, y yo no soy perfecto”.
¿Qué molesta de estos niños? ¿Por qué la insistencia en la importancia de
diagnosticar rápido para comenzar tempranamente con la medicación? ¿Cómo
diagnosticar este “trastorno” cuando, en realidad todo niño pequeño es desatento e inquieto? Pensemos que uno de los indicadores es que el comienzo sea ¡anterior a los siete años!
Lo intolerable es, quizás, un malestar que se impone cuando algo no encaja en lo esperable: cuando un niño no responde a las expectativas; cuando un
funcionamiento infantil nos perturba. Entonces, hay adultos que generan
movimientos de deshumanización, de no reconocimiento.”
Nos cabe una reflexión; ¿No será que muchas veces pedimos que se medique como una manera de tapar la responsabilidad que tenemos e intentamos callar voces acusadoras que terminan tomando los cuerpos en lugar de expresarse en palabras?
La mayoría de las veces de esto nada sabemos y la reacción en y a través del cuerpo es la única manera que encontramos para informarnos que algo nos pasa. Eso si, una vez que nos enteramos, el problema deja de estar afuera y he aquí la opción de ocuparnos para que no nos ocupe.
Para comentarios y sugerencias escribir a: caraoceca@hotmail.com
Fuente: La Auténtica Defensa.
Fuente: Un rojillo infiltrado en el ático.
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