BOLIVIA: “EL REGRESO DE LOS INDIOS”

La victoria de Evo Morales el pasado domingo (presidenciales, legislativas, y regionales) ha alcanzado proporciones numéricas que ya no se llevan. No solo ha sido reelegido en la primera vuelta como jefe del Estado con el 63 por ciento de los sufragios, sino que le han dado el control del Senado, única instancia donde su partido, MAS, (Movimiento al Socialismo) no tenía la mayoría.
Es un triunfo memorable, irreprochable en términos de libertad, pluripartidismo, participación, control de la jornada y censo impecable (de hecho, el nuevo censo biométrico había sido exigido en su día por la oposición y ha merecido una explícita felicitación de la ONU). Y merece un intento de explicación de por qué ha sobrevenido y cómo puede ser insertado en la historia nacional.
Es indispensable, en primera instancia, considerar siempre la especificidad de Bolivia, un país con una mayoría indígena históricamente olvidada y humillada que un indio aymara, Evo Morales, supo movilizar con una brillantez táctica que llama la atención. La Constitución, aprobada en enero pasado con considerable holgura, toma nota del hecho de que Bolivia es un Estado plurinacional, dando al sustantivo nación una acepción, muy científica y aceptable por lo demás, que traduce homogeneidad étnico-cultural. (Lo mismo que don Julio Caro Baroja, entre nosotros, decía de alguien, por ejemplo, que era judío de nación… un tema para el Tribunal Constitucional).
OTRO MARCO TEMPORAL
Evo Morales es, pues, en primera instancia un caudillo indio con una infancia y una juventud de grave dificultad material y pobreza extrema en algún momento que se forja en política en los movimientos reivindicativos de naturaleza sindical. Solo haciendo un esfuerzo considerable y recurriendo a una óptica europea se le puede percibir como la continuidad, tras un paréntesis de muchos años, de la obra del carismático líder del nacionalismo de izquierda que dominó gran parte del escenario boliviano tras la II Guerra Mundial, Víctor Paz Estenssoro, carismático líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario.
Pero don Víctor Paz era un abogado blanco cultivado tentado por un desarrollismo obrerista que hizo de la Central Boliviana de Trabajadores su herramienta clave para la toma y conservación del poder. Fue presidente en cuatro ocasiones y aceptó, unas veces con más gusto que otras, una suerte de cogobierno con la poderosa Central Obrera Boliviana, fundada, tras la revolución popular de 1952 por él y por quien sería su inamovible jefe durante 36 años, Juan Lechín Oquendo. Ambos desaparecieron de la escena y ya no eran sino estatuas vivientes cuando murieron en 2001 con 93 y 87 años respectivamente). El país que les vio desaparecer era otro porque la vieja lucha sindical y de la izquierda política fue la de la minería (el estaño, entonces el “oro de Bolivia”) y la de la creación de mínimos de representación democrática que sucesivos gobiernos militares, algunos abiertamente dictatoriales y represivos, abolieron a su antojo.
Estos hombres, eminentes a su modo, eran blancos y parte de la oligarquía política establecida: un establishment anti-imperialista que hizo lo que pudo pero no mostró una sensibilidad particular hacia el hecho crucial de que los habitantes de Bolivia eran y son todavía hoy mestizos o indios en su abrumadora mayoría (un sesenta por ciento para los primeros y un veinte por ciento para los segundos, en números redondos). Muchos hablan lenguas propias y tienen con la religión católica y la cultura occidental una relación muy pobre y, con mucha frecuencia, nula. Bolivia es, pues, otro país: aquél al que ha sabido dirigirse, con una habilidad y constancia sorprendentes Evo Morales, uno de ellos…
ÁLVARO GARCÍA LINERA
Traté hace unos veinte años a varios dirigentes del MNR, todos progresistas, algunos exiliados por serlo y todos politizados y motivados. En todos se advertía una involuntaria falta de relación con el hecho étnico y social decisivo: el de la mayoría aborigen y su mezcla hasta dar la composición mencionada y muy mayoritaria entre los diez millones largos de habitantes del país. Solo una generación muy reciente de universitarios blancos, europeos si vale decirlo así, lo entendió, lo teorizó, lo cultivó y lo organizó. Lugar de honor tiene en este trabajo un sociólogo, Álvaro García Linera, fiel lugarteniente de Morales y su vicepresidente desde las primeras elecciones.
A este hombre de 48 años se debe en buena parte el éxito. Matemático y sociólogo de formación (Universidad Autónoma de México) se descubrió pronto una vocación para la acción directa, estuvo cerca de los movimientos insurreccionales, fue condenado por actividades “terroristas” y entendió con toda claridad que nada se haría sin la refundación del Estado desde su base indígena. A él le robamos hoy el título del artículo: “El regreso de los indios”.
Descrito como el estratega de la negociación constitucional y propiamente política con los partidos y los centros de interés, su papel fue decisivo para “cocinar” la nueva Constitución, finalmente aprobada en enero pasado. Asimismo inspira otro de los aspectos clave de la gestión, tan buena por sus resultados, del gobierno Morales: una suerte de capitalismo de Estado limitado al control de los vastos recursos mineros de Bolivia, que equivalen a un tercio del total de la economía nacional. Es liberal y muy permisivo en lo demás y defiende la mejor relación posible con las multinacionales extranjeras.
Así se explica un poco lo sucedido el pasado domingo en Bolivia, algo que remite a un milagro pocas veces visto. Es historia en estado puro y un proceso que debe ser seguido con extrema atención por la izquierda latinoamericana. Por la cuenta que le tiene….
Enrique Vázquez
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