Clases sociales e identidades (homo)sexuales

Javier Ugarte Pérez

En un artículo anterior -“Observaciones sobre los criterios de división en clases sociales que aparecen en el Informe España 2011”- señalaba la existencia de tres clases sociales separadas en función del nivel de estudios de sus integrantes, ya que la formación determina los ingresos. Ahora bien, si este tipo de distinciones no se aplican a situaciones concretas permanecen como ejercicio teórico; por ello, en este artículo (que constituye una continuación del anterior) intentaré explicar cómo las identidades se forjan en función de la clase a la que pertenece el individuo en un aspecto concreto, la sexualidad.

Poster del “Gay Liberation Front”. En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el aumento de la clase media con mejores instrumentos para enfrentar la discriminación sexual, permitió la construcción de la identidad de “gay” y “lesbiana”, a partir de las luchas como las de Stonewall en el Nueva York de 1967, en  comparación con la indefensión de los “maricas”, “maricones” y  “tortilleras“ de la clase obrera frente a la fuerte represión dominante en su medio. Fuente foto: “The Stonewall Riot and Its Aftermath”.  From a ’70s Gay Liberation Front Poster  (Used on the jacket cover of: Duberman, Stonewall, 1993.)  En: http://www.columbia.edu/cu/lweb/eresources/exhibitions/sw25/case1.html

 

Al estudiar la historia del homoerotismo en el siglo XX se encuentra una clara línea divisoria en torno a los años sesenta. Hasta esa década, la vivencia de la homosexualidad se expresa dicotómicamente; por un lado se encontraban los varones afeminados de medios obreros (los maricas) cuyas parejas eran varones masculinos (los maricones quienes, a menudo, estaban casados y tenían descendencia). Similar división se encuentra entre las mujeres, divididas entre las que eran masculinas (bolleras o tortilleras) y las femeninas (femmes). Por su parte, los homosexuales de clase media se calificaban de “raros” (queers en inglés, “raritos” en castellano) y apenas frecuentaban los lugares de reunión de maricas y maricones por miedo a las redadas policiales y la represión que incidía, especialmente, sobre los varones afeminados. Estas divisiones se documentan en diferentes países, como Estados Unidos y España (entre otros)[1]. Se trata de décadas donde la clase obrera predominaba socialmente, ya que la mayor cantidad de puestos de trabajo los generaba el sector industrial, lo que acarreaba que las dinámicas industriales se extendieran por otras esferas sociales: así, la división del trabajo según los principios de la producción en cadena -o fordismo- constituía un modelo para organizar la enseñanza en periodos de trabajo y descanso, distribución horaria semanal y ascenso por grados.

Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial se produjo un crecimiento económico acelerado que engrosó el sector servicios (por ejemplo a través de la gran expansión educativa de esas décadas y de la facilidad para el transporte y el turismo, entre otras muchas ramas de actividad) y, con él, la clase media; por comparación, se debilitó la industria y los medios obreros. En ese contexto aumentó porcentualmente el número de homosexuales con estudios superiores y buenos salarios (es decir, de clase media) que contaban con armas para luchar contra la represión policial y la discriminación teórica asentada en universidades y centros académicos. Estas personas, que integraban la generación del baby boom, no estaba dispuesta a renunciar al homoerotismo ni a pagar el precio por disfrutarlo de sus predecesores, por lo que buscaron nuevas maneras de vivir su sexualidad. En este contexto nacieron las identidades de gay y lesbiana que se hicieron visibles en los sucesos de Stonewall, en el Nueva York de 1969, y que dieron lugar al Frente de Liberación Gay (GLF, en sus siglas inglesas) que, en la década siguiente, serviría de inspiración para homosexuales de clase media de todo el planeta.

La nueva generación de homosexuales, con sus recientes identidades, tuvieron capacidad para luchar por sus derechos, a menudo siguiendo el ejemplo de lo que se hacía en otras latitudes (así, las luchas en Londres y Amsterdam, además de las neoyorquinas, influyeron en las españolas). De esa forma, en los años setenta lesbianas y gais consiguieron que terminara la represión en casi todos los países mientras en los noventa se iniciaba un periodo de conquista gradual de derechos: leyes de parejas, contratos de alquiler y, finalmente, el matrimonio igualitario y la adopción compartida de menores. Tales conquistas hubieran sido imposibles de continuar vigentes las identidades estigmatizadas típicas de los medios obreros porque estos homosexuales carecían de recursos económicos y culturales para conseguir el fin de la discriminación. En resumen, un cambio en las dinámicas productivas (incremento de la formación y desarrollo del sector servicios) conllevó un aumento de la clase media y la aparición de unas identidades homoeróticas asentadas en ella que dispusieron de herramientas para conquistar la igualdad legal.       

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[1] Una ampliación y justificación documental de estas afirmaciones se encuentra en Javier Ugarte Pérez (2011): Las circunstancias obligaban. Homoerotismo, identidad y resistencia (Barcelona-Madrid, Egales).

Salud Pública y algo más

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