Crisis y Acumulación Capitalista (1)

Nota Editorial: Hemos recibido por correo electrónico un interesantísimo artículo de nuestro amigo Jaime Vaquero, al que desde aquí le mostramos de corazón todo nuestro afecto, que por su extensión y seguro que con su permiso lo vamos a dividir en varios capítulos. Os dejamos con el primero. Un fuerte abrazote para ti Jaime y para todos los tuyos.

CRISIS Y ACUMULACIÓN CAPITALISTA: CONSTRUIR UNA ALTERNATIVA GLOBAL

Jaime Baquero (miembro Comisión de Sanidad de la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid).

Marzo 2012.

 

En la historia del capitalismo, cada ciclo de acumulación basado en una expansión productiva ha terminado en una crisis de sobreproducción, que ha desencadenado en el sistema un período de mayor competencia, expansión financiera y el consiguiente fin de las estructuras orgánicas sobre las que se basaba la anterior expansión productiva. La crisis estalla cuando los beneficios obtenidos en la producción no encuentran salidas suficientes en inversiones rentables. La gestión de la crisis consiste en buscar salidas que eviten la desvaloración masiva de los excedentes de capital flotante. La mundialización iniciada a comienzos de los 80 reposa en la crisis del régimen de acumulación que caracterizó la etapa 1945-1970, en el agotamiento económico y político del orden mundial alcanzado tras la última gran guerra (basado en los acuerdos de Bretton Woods), en la exacerbación de la competencia intercapitalista, en el avance de los movimientos de liberación en el Tercer Mundo, y en las luchas obreras y populares de finales de los 60.

 

La clase capitalista, para evitar la desvalorización de capitales y reafirmar su poder de clase, respondió con el neoliberalismo y la mundialización, aumentando la tasa de explotación de la fuerza de trabajo, y extendiendo e intensificando la acumulación por desposesión. Las políticas neoliberales han sido un medio de retrasar la crisis de sobreproducción, pero han acabado por precipitarla aumentando su fuerza, en un mundo donde las desigualdades se han multiplicado y las sociedades se distinguen por una profunda polarización social, y donde el modelo de desarrollo está provocando una crisis ecológica de dimensión planetaria.

 

No hay alternativas desde dentro del sistema que puedan revertir significativamente la tasa de ganancia y garantizar el crecimiento económico durante un largo ciclo económico. El desorden que amenaza al mundo pone en jaque a las fuerzas del trabajo. Si éstas no irrumpen con un programa revolucionario, capaz de sumar a amplios sectores sociales, se impondrá la lógica de la acumulación capitalista, el caos y la barbarie.

 

1. Expansión financiera: Neoliberalismo y Consenso de Washigton

 

A mediados de los 60, Alemania y Japón imponen precios relativamente reducidos en el mercado de productos industriales desafiando la hegemonía productiva estadounidense. La intensificación de la competencia internacional provocó en EEUU la reducción de precios frente a unos costos productivos que no lograron ser reducidos suficientemente, generando una caída de la tasa de ganancia y una crisis de sobrecapacidad y sobreproducción. La reducida rentabilidad mermó el crecimiento de la inversión industrial y, en consecuencia, de la producción, lo que incidió negativamente en el crecimiento de los salarios y en el empleo, generando una caída de la demanda que agudizó a su vez la sobreproducción y sostuvo la tendencia a la caída de la tasa de ganancia.

 

Las políticas de reducción de salarios (en Alemania y Japón eran un 60% y un 25% de los de EEUU) y rebaja de los costes laborales (80% y 50% respectivamente de los de EEUU) para recobrar la rentabilidad, chocaron con las resistencias obreras, que impidieron que la flexibilización del mercado de trabajo y la disminución de costes alcanzasen niveles que permitiesen dicha recuperación. De manera que si la contracción de los beneficios no fue provocada por un ascenso del poder obrero –la productividad creció en el sector industrial un 3,3% entre 1965 y 1973 frente a un 2,9% entre 1950 y 1965, y el crecimiento medio de los salarios reales cayó un 1,9% en el período 1965-1973 frente a un aumento del 2,2% entre 1958 y 1965 (Brenner, 2002)-, las fuertes organizaciones sindicales sí contribuyeron a impedir la salida. 

 

Si la disminución de la competitividad de los productos industriales estadounidenses provocó un déficit de su balanza comercial, los superávits de Alemania y Japón favorecieron sus inversiones en EEUU. Este factor junto a los enormes gastos militares estadounidenses –asociados a la guerra de Vietnam y a su papel de gendarme mundial-, dispararon el déficit de la balanza de pagos de EEUU y aumentaron las presiones sobre el dólar, provocando una crisis del sistema monetario nacido de Bretón Woods. En 1971, Nixon rompió la paridad entre el dólar y el oro, y puso a flotar los tipos de cambio. La ruptura del sistema monetario de la posguerra generó una asimetría entre EEUU y Alemania-Japón, dado que el petróleo y la mayoría de los bienes estratégicos se hacían efectivos en dólares y que ninguna moneda podía sustituir internacionalmente a éste. El enorme poder de EEUU se manifestaba en que la bajada del dólar beneficiaba sus exportaciones, y la subida aumentaba la venta de dólares al ser moneda refugio y facilitaba los flujos financieros hacia los mercados estadounidenses. EEUU devaluó el dólar bruscamente mientras el marco y el yen se revalorizaban, lo que provocó un aumento comparativo de los costes de producción en Japón y Alemania respecto a los estadounidenses. Pero la extensión de la crisis de rentabilidad a estos países no logró una recuperación significativa de la misma en EEUU.

 

La crisis del petróleo de 1974-75 sumió al mundo industrializado en una profunda recesión, con caídas drásticas de los salarios y de la productividad, aumento del paro y estancamiento aún mayor del crecimiento económico. La respuesta con políticas keynesianas evitó la depresión, pero generó mayores déficits presupuestarios y que fluyera el dinero fácil, favoreciendo el endeudamiento. Estas políticas impulsaron la inflación y ayudaron a sobrevivir a los sectores y empresas de altos costes y baja ganancia, frenando la recuperación de la rentabilidad e impidiendo una revitalización económica (la denominada estanflación).

 

El fracaso de las políticas keynesianas amparó, a finales de los 70, la vuelta al monetarismo en EEUU y Reino Unido. Reducción del crédito y del endeudamiento público, desincentivación de las inversiones en el sector productivo –quebrando el modelo de posguerra, donde la intervención del Estado favorecía e incentivaba fuertes inversiones de capital en este sector- y reducción de los subsidios a la demanda, perseguían la reducción de los salarios y acabar con las empresas de baja rentabilidad para abrir el camino al restablecimiento de la tasa de ganancia. Pero la reducción drástica de los salarios retrajo la demanda, y la reducción del gasto público y del crédito aumentaron la competencia interna y dificultaron la innovación empresarial, poniendo en riesgo a todo el tejido industrial, incluidas las empresas costoefectivas.

 

Las respuestas obreras centradas en aspectos económicos se saldaron con el éxito de Reagan sobre la huelga de controladores de 1981 y de Thatcher sobre la huelga de mineros de 1983. De manera que al fracaso de la aplicación de políticas keynesianas para restablecer la tasa de ganancia por parte de diferentes gobiernos estadounidenses y británicos, se sumó la incapacidad de la clase trabajadora para irrumpir con un programa revolucionario. La derrota de los sindicatos supuso el fin de los incrementos salariales y la congelación de los costes del trabajo hasta mediados de los 90, y abrieron la puerta a la ofensiva del capital apoyada en amplios sectores de las clases medias.

 

En 1981 el gobierno estadounidense redujo de manera importante el impuesto de sociedades y el tipo impositivo máximo a los sectores más ricos de la sociedad (la tasa nominal pasó del 70% al 50%, para alcanzar en 1986 tan sólo el 28%), a fin de impulsar las inversiones productivas. Pero el rechazo de los capitalistas a destinar capital en la producción –para evitar los riesgos de invertir a largo plazo en plantas y equipos-, se traducía en la búsqueda de caminos alternativos para hacer dinero. A la huída de capital hacia las finanzas y actividades especulativas, se sumaron las inversiones en otras regiones que auguraban mejores rentabilidades y el aumento del sector servicios –con trabajos de baja productividad y bajos salarios facilitados por el paro creciente y la mayor flexibilidad laboral-, amenazando al sector industrial estadounidense con un profundo declive, que fue corregido con una subida descomunal del gasto público en la industria militar. La disminución de la recaudación y el gigantesco gasto militar, dieron lugar a un desmedido déficit presupuestario (del 2,7% en 1980 al 6% en 1983) y de la deuda pública.

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