El báculo, la toga, la cartera pesan, su Señoría, aunque los maneje con ligereza alevosa. Pesan sobre los lomos de fieles e infieles cuando convierte esa cosa del espíritu en un negocio. Pesan sobre las espaldas de quienes buscando justicia en la balanza encuentran cambalache. Pesan sobre la cerviz de los administrados convertidos en números, meros peleles, para consumir y cotizar, aunque usted los llame ‘ciudadanos’.
El cargo, la propiedad, el espíritu emprendedor pesan, señor Ortega Botín Roig y etc., porque no es tiempo de guardar bajo la teja, la baldosa o el colchón, sino de ver cómo se multiplican las esporas en el acolchado algoritmo de un paraíso fiscal, en las sinergias descontraladas de arquitecturas financieras a las que no importan la esclavitud de púberes canéforas o los pisos vaciados a golpe de hipoteca.
El micro, el ratón, la pluma, en fin, pesan, querido locutor, estimado redactor, admirado polígrafo, cuando solo ponen voz a toisón, cetro y corona; cuando lamen o inciensan cartera, toga y báculo; cuando se postran o doblegan ante el espíritu emprendedor, la propiedad o el cargo.














